VyM Observa: “Barbie templaria”.

 2° ENTREGA   //   19-05-2014

Versión en Animal Político.

UNIDAD DISCURSIVA QUE SE ANALIZA:Barbie templaria”.

 El Unión de Jalisco, periódico que forma parte de la red de la agencia de noticias de El Universal, el 21 de enero de 2014 publicó una nota de la cantante regional michoacana Melissa Plancarte refiriéndose a ella por primera vez como la “Barbie Templaria” debido al supuesto vínculo familiar y criminal con uno de los líderes de Los Caballeros Templarios, Enrique Plancarte.

A partir de la nota del 21 de enero la mujer tuvo presencia mediática permanente durante tres meses hasta finales de abril cuando su padre, Enrique Plancarte, fue “abatido”. Ahora, aunque viviendo fuera del país, Melissa Plancarte no está siendo investigada por autoridades federales ni existe una orden para su vinculación a proceso. Lo que sí existe es una sentencia mediática que se sustenta en las relaciones de violencia de género que se manifiestan al interior de las tácticas comunicacionales de las instituciones de justicia y que son reproducidas en las mesas de redacción de los periódicos, al grado que, después de tal exposición, ella misma ha terminado por asumir el rol aspiracional de figura polémica, plástica e intocable.

La cobertura periodística que se le dio a Melissa Plancarte es la excusa idónea para que en esta entrega se analice cómo la esfera de la comunicación a través del lenguaje violenta las identidades de las mujeres hasta cosificarlas. Para demostrarlo se utiliza el análisis del discurso, que consta en conocer los modos de significación que radican en los significantes de una unidad discursiva; es decir, las formas de lectura que se obtienen de los sentidos suplementarios que emergen del doble código del lenguaje en un enunciado determinado.

En este caso, la unidad discursiva a analizar es el sobrenombre “Barbie templaria”. Esta unidad discursiva está compuesta por el tema principal, que es el sustantivo “Barbie”, ya que refiere a la caracterización de Melissa Plancarte como tal, una muñeca de plástico lanzada al mercado en 1959, fabricada por la empresa estadounidense Mattel, y que se ha convertido en el ícono de la fetichización femenina, de la vuelta a la discriminación de roles entre los géneros y al triunfo de la sociedad del consumo. Al tema principal “Barbie”, en el periodismo se le agregó como complemento el adjetivo “templaria”, que en el contexto mexicano actual está relacionado con el conocido cártel de la delincuencia organizada fundado en 2011 en Michoacán.

A Melissa Plancarte comúnmente se le conoce como la “Princesa de la banda”, sin embargo, su sobrenombre no fue autoría exclusiva de los medios de comunicación, en realidad se trata de una coautoría, ya que fue ella quien se pronunció en redes sociales como la “Barbie grupera” (princesabanda, su cuenta oficial en Twitter). Después, fueron los medios de comunicación quienes sustituyeron el adjetivo “grupera” por el de “templaria” e introdujeron la “Hija del capo” a partir de las acusaciones que en su contra elaboraron autodefensas del estado por supuestos vínculos con la organización delictiva.

En el cuadro 1 los resultados del monitoreo de la unidad discursiva muestran cómo se utilizaron en los medios de comunicación el tema principal, el complemento y sus diferentes ramificaciones.

VyMObserva2.Barbie1

Con la reproducción de los apodos se logra equiparar conceptos disímiles bajo iguales significaciones. El apodo de Melissa Plancarte se mencionó en 104 ocasiones en 39 notas, es decir, son 2.6 menciones por nota; a diferencia de su nombre, que sólo tuvo 57 menciones en el mismo número de notas, para el promedio de 1.4. El nombre tuvo un 53.8% menos de menciones que el apodo. Las notas de prensa fueron en donde encontramos mayor número de repetición del apodo que genera el estereotipo: en 19 notas fueron 57 menciones del apodo, para un promedio de 3 por nota.

Así, “Princesa”, “Barbie”, “Cantante” o “Hija” terminan por compartir su significado a través de la reproducción significante en el periodismo, porque generan una unidad discursiva que tiene coherencia interna a partir del imaginario que violenta a la mujer. Son estereotipos que generan violencia al producir discriminación e intolerancia a través de un conjunto de identidades falsas, afirma Hannah Arendt (Sobre la violencia, 1970), formuladas en el capitalismo: machistas, patriarcales e individualistas.

Los estereotipos de género vulneran los derechos de las mujeres ya que son concepciones que se limitan a abordar detalles de la vida privada y la conducta, en donde los roles aspiracionales que estas identidades dejan de dibujar a las mujeres como sujetos (científicas, escritoras, militantes de una causa), convirtiéndolas en objetos del discurso televisivo patriarcal (bailarinas y cantantes en poca ropa o madres abnegadas); es decir, las mujeres como propiedad de alguien más: se es princesa pero “de la banda”; se es hija pero “del capo”; o de plano se es, solamente, “barbie templaria”.

Estos estereotipos que reproducen la violencia de género en el lenguaje funcionan discursivamente mejor, de acuerdo con Anna María Fernández Poncela (El lenguaje que violenta, 2012), cuando se empequeñece a las mujeres:

…convirtiéndolas en menores: nena, niña, cuando no en objeto: muñeca. Se trata de la infantilización de las mujeres, dependientes, débiles y pequeñas; objeto de protección, cariño, minusvalía y quizá también desprecio… el androcentrismo prácticamente hace desaparecer a la mujer, y cuando se la ve es algo así como un ser subordinado y dependiente del hombre totalmente, además del sexismo que implica su desvalorización. (152)

De aquí que sea imprescindible desentrañar el uso de la violencia de género en el lenguaje, para lo cual se utiliza el análisis del discurso (en particular el principio de equivalencia de Roman Jakobson), porque descubre cómo en cada palabra está latente otro mensaje poseedor de sentidos suplementarios.

Así, con la unidad discursiva “Barbie templaria”, la combinación de los vocablos lleva explícita dos categorías de análisis identificables y contrastantes desde una perspectiva axiológica (o filosofía de los valores) vinculada al contexto sociocultural.

Desde la óptica axiológica positiva, la palabra barbie tiene que ver con aquello que socialmente está considerado como estético, elegante o glamoroso. Culturalmente, la barbie se ha sido durante muchos años en un modelo a seguir, un estereotipo deseable de las niñas; este modelo ha alcanzado límites que van más allá del aspecto físico de la persona, se ha concentrado además, en la idealización de un estilo de vida cómodo y hasta ostentoso. Se fraguan así, dos componentes: la capacidad adquisitiva (altos niveles de ingreso) y el buen ver (físicamente deseable).

Frente a esta referencia valorativa de aspecto positivo en nuestra cultura, colisiona con otro aspecto axiológico en sentido negativo: templaria. En su sentido literal, templario no lleva implícita ni explícitamente una categoría axiológica, pues se refiere a un fenómeno histórico. Sin embargo, si se contextualiza el término en el actual escenario social del país, entendido como aquello que forma parte de la organización criminal conocida como el cártel de los caballeros templarios, el vocablo adquiere inmediatamente una connotación negativa de la palabra.

La composición de estos juicios valorativos tiene un fundamento que trasciende la sola creatividad mediática. A saber, detrás del apelativo “barbie templaria” se puede ubicar un fenómeno social e histórico que tiene que ver con dos aspectos principales. Por un lado, el rol que ha desempeñado la mujer en el entorno social en el que se desenvuelve y los procesos mediáticos que la cosifican, es decir hacer uso de ella o de su imagen para fines que no la dignifican como ser humano sino que la convierten en una mujerobjeto estéticoviolentable.

Esta identidad falseada por el discurso periodístico es el significado segundo que el principio de equivalencia nos permitió encontrar. Una vez desentrañada esta identidad falsa, es momento de demostrar cómo este significado puede estar presente en diferentes significantes, homogeneizando conceptos que originalmente son disímiles o, como afirma Roland Barthes, vaciándoles el contenido y dejando sólo la cáscara que los sostiene: las formas visibles que la publicidad y la mercadotecnia venden en el discurso periodístico.

En la figura 1 encontramos a la unidad discursiva “Barbie templaria” diferenciada en su doble código. En el Código 1 vemos cómo el significado original (A) corresponde con el significante original (B), es decir, a la cantante Melissa Plancarte se le identifica con el sobrenombre de “Barbie templaria”; tan es así, que si en el periódico sólo publicaran el significante, los lectores podrían descifrar el significado de a quién se refiere. Sin embargo, si el redactor del periódico decide escribir el significado 2 (C) –que corresponde al significado segundo que, como ya demostramos, la frase también lo significa─, es decir, la unidad: “mujerobjeto estéticoviolentable”, ¿las y los lectores entenderán que refiere a la cantante Melissa Plancarte? Hay que observar la figura 1 más de cerca.

VyMObserva2.Barbie2Lo que el Código 2 demuestra es que la misma unidad discursiva (B), al momento en que es enunciada (d, e, f y g), conlleva mensajes complementarios (C) que son la intencionalidad original del mensaje. En el caso de la unidad discursiva “Barbie templaria”, encontramos que a través de cualquiera de sus significantes (B, d, e, f y g) conlleva más de dos significados, el primero (A) y el segundo relacionado con la violencia de género manifiesta (C). Asimismo, de la figura 1 se desprende que la intencionalidad del discurso es crear una identidad homogénea individualista de las mujeres, aseveración que se demuestra en que en el Código 2 cualquiera de los significantes (B, d, e, f y g) de “Barbie templaria” remite al significado: mujerobjeto estéticoviolentable.

La violencia de género es reproducida en los medios de comunicación como un acompañante de las ideas dominantes y de los paradigmas culturales. Según el Centro de Derechos Humanos de las Mujeres A.C. (cedehm) de Chihuahua, el tipo de violencia sufrida por las mujeres en entornos familiares es muy difícil que las víctimas lo identifiquen debido a las relaciones de poder al interior. Esa naturalización es la que los medios de comunicación explotan al reproducir en la esfera pública la relación de violencia. A pesar de que fue Melissa Plancarte quien se adjudicó el apodo de barbie, cosificándose a sí misma, los medios de comunicación fueron más allá al acusarla públicamente de pertenecer a la organización criminal de su padre. Así, “Barbie”, “Princesa” y “Cantante”, terminan por aparecer como sinónimos de “Hija del capo”.

El caso de Melissa Plancarte demuestra que la violencia de género también es lingüística y se reproduce a través del lenguaje. Esta violencia que es simbólica, socio-cultural y psico-emocional-mental se formula y reproduce, por lo tanto, a través del discurso periodístico.

De ahí la relevancia de un mayor número de estudios e investigaciones con relación a la importancia que adquieren los medios de comunicación como generadores de identidades cosificadas, capaces de generar desprecio hacia las mujeres y violentar sus derechos humanos. No hay que olvidar lo que nos recuerda Fernández Poncela (2012:30): “los discursos y sus cargas valorativas, los mensajes y sus estrategias intencionales crean, recrean o transforman la construcción de los géneros”.

EQUIPO DE INVESTIGACIÓNVIOLENCIA Y MEDIOS OBSERVA”.

Coordinación: Sergio Leñero.

Monitoreo, análisis y redacción: Verónica del Pino (voluntaria), Mauricio Alarcón (voluntario) y Emilio Carranza Gallardo (investigador).

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