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El bufón mediático y el feudalismo


El bufón, figura feudal que funcionaba como privilegio exclusivo de los reyes. Individuo unitario que utilizaba la burla, la simpleza y la tontería para provocar risa y llevarla al extremo. Contorcionador que utilizaba las muecas para deformar la realidad y plagarla de ironía, y que se cuidaba muy bien de no representarla con tragedia. El bufón, cuya significación se construye en función de la transición del sistema feudal, monárquico en sistema capitalista. El bufón, figura feudal cuya actividad deja de injerir en la producción económica de la comunidad, y cuyas tareas se convierten en tareas de consumidor que no produce. través de privilegios en un par, una antinomia: rey-bufón.

El rey, la monarquía, que conforme las cortes (y posterior burguesía) se apropiaban del poder político y económico, se fue convirtiendo en una figura meramente simbólica de la estratificación social del europeo. Así comienza la decadente espiral entre el rey y el bufón. Al tiempo que el primero era cercado por la burguesía, el segundo se convertía en su confidente, en su único y absoluto compañero. Finalmente, el bufón se convertiría en quien tomaría las decisiones del poder, quien comenzaría la transición de la estructura feudal en absolutista ante la visible amenaza de la burguesía y que, posteriormente, llevaría a la revolución social de la modernidad.

El rey y el bufón. La monarquía y el pequeño burgués. El dueño de los derechos consetudinarios y el intermediario de los intereses privados. Uno de los pocos franceses prerevolucionarios reales lo expresa de la siguiente manera en el xvi, palabras de Etienne de la Boétie:

¿Acaso no es hoy evidente que los tiranos, para consolidarse, se han esforzado siempre por acostumbrar al pueblo, no sólo a la obediencia y a la servidumbre, sino también a una especie de devoción por ellos?

Llego ahora a un punto que, creo, es el resorte y el secreto de la dominación, el sostén y el fundamento de la tiranía. El que creyera que son las alabardas y la vigilancia armada las que sostienen a los tiranos, se equivocarían bastante. Las utilizan, creo, más por una cuestión formal y para asustar que porque confíen en ellas. Los arqueros impiden, por supuesto, la entrada al palacio a los andrajosos y a los pobres, no a los que van armados y parecen decididos. Sería sin duda fácil contar cuántos emperadores romanos escaparon a algún peligro gracias a la ayuda de sus arqueros y los que fueron asesinados por sus propios guardias. Ni la caballería, ni la infantería constituyen la defensa del tiranno. Cuesta creerlo, pero es cierto. Son cuatro o cinco los que sostienen al tirano, cuatro o cinco los que imponen por él la servidumbre en toda la nación. Siempre han sido cinco o seis los confidentes del tirano, los que se acercan a él por su propia voluntad, o son llamados por él, para convertirse en cómplices de sus crueldades, compañeros de sus placeres, rufianes de sus voluptuosidades y los que se reparten el botín de sus pillajes.

Estos seis tienen a seiscientos hombres bajo su poder, a los que manipulan y a quienes corrompen como han corrompido al tirano. Estos seiscientos tienen bajo su poder a seis mil, a quienes sitúan en cargos de cierta importancia, a quienes otorgan el gobierno de las provincias, o la administración del tesoro público, con el fin de favorecer su avaricia y su crueldad, de ponerla en práctica cuando convenga y de causar tantos males por todas partes que no puedan mover un dedo sin consultarlos, ni eluidr las leyes y sus consecuencias sin recurrir a ellos.

Extensa es la serie de aquéllos que siguen a éstos. El que quiera entretenerse devanando esta red, verá que no son seis mil, sino cien mil, millones los que tienen sujeto al tirano y los que conforman entre ellos una cadena ininterrumpida que se remonta hasta él.

A pesar de que los intelectuales apologéticos de la modernidad (ellos quienes la legitiman en las metrópolis y los que la alaban agachadamente en las colonias) proclaman a todas voces que el capitalismo es la fase superior del feudalismo y que la modernidad de la tecnología del siglo xx llevó a que el mundo en el xxi se «interconecte» y que los beneficios lleguen a todos los «subdesarrollados», aquél es tan sólo la transfiguración de los medios de producción a través de la reproducción de la opresión de la acumulación originaria del xvi.

De esta manera, el capitalismo ha heredado (como derecho inalienable de occidente) a esta figura feudal que deforma la realidad para provocar la risa y llevarla al extremo, y que funciona objetivamente para representar los intereses y privilegios de unos pocos. Sin embargo, la ha transfigurado, la ha llevado de ser un individuo que hace muecas frente al rey a convertiro en una institución que realiza las mismas muecas pero en las millones de pantallas de población más carenciada. El capitalismo ha logrado modernizar una figura feudal, al bufón lo ha institucionalizado en el sistema político democrático-burgués, justamente, en los medios de comunicación.

Los medios de comunicación se han convertido en el bufón particular (y privatizado) de la sociedad capitalista mundial. Con ello, las masas más precarizadas, quienes ante la imposibilidad laboral y salarial por consumir otras actividades culturales, educativas o sociales, se remiten a la única opción: encienden la «caja idiota», lo que le permite a la dictadura del rating legitimar su «libertad de expresión» y de «libre elección televisiva».

Con esto, se puede afirmar que los derechos que el sistema político capitalista representan, se basan bajo los intereses privados de figuras feudales, tan solo transfiguradas por la ilustración.

Las consecuencias negativas y decadentes son numerosas. Aquí tan solo se abordará una. El bufón en el feudalismo, al convertirse en una figura en la estructura social que consumía pero no producía, se hizo ciego a lo que sucedía fuera de los cuarteles reales, y cuando el rey le preguntaba por su opinión de la realidad para tomar decisiones, ambos se respiraban mutuamente opiniones subjetivas, irreales, que los llevó a alejarse de las tareas que el poder exige. De la misma manera como el rey perdió su estamento de poder ante la burguesía por escuchar exclusivamente a su bufón, así las clases políticas de las democracias-burguesas perderán su poder ante los medios masivos de comunicación, y posteriormente las poblaciones precarizadas lograrán la revolución social del siglo xxi.

Quedan en medio aquellos «ciudadanos» que se designan a sí mismos como «sociedad civil» quienes, ciegos ante esta realidad, se dejan llevar por los susurros que se cuelan de entre los cuarteles tecnócratas de los políticos y empresarios, ¿qué harán? ¿girarán hacia el pueblo y lucharán a su lado o se esconderán en sus casas, empresas privadas y centros comerciales?

Estos ciudadanos, sin duda, se rigen de acuerdo a la sentencia africana oabolana:

«Los reyes son como el fuego: lejos de ellos, uno tiene frío; cerca de ellos, uno se quema«. Por eso su ambiguedad, su mediocridad, su supuesto equilibrio.